Horas más tarde volvió a despertar. Hizo un esfuerzo por recordar. Ya estaba cayendo el sol. Seguramente un viento fuerte la había llevado hasta el suelo. Quién sabe cuánto tiempo llevaría dormida.
De pronto aparecieron otras aves, reconoció a algunas con las
que había volado en compañía antes y otras era la primera
vez que las veía. Le ayudaron a levantarse, curaron su ala rota y le dieron un
poco de agua.
Pronto se sintió mejor y se sentó a conversar con los demás
pájaros. Le contaron lo que había pasado: estaban
volando como de costumbre, y de repente una corriente de vientos del sur chocó con otra más fuerte que venía del norte, haciendo que las aves que
volaban el sector perdieran el rumbo. Ellos, que estaban en grupo, alcanzaron a
controlar un poco el vuelo y lograron aterrizar a salvo. Parece que La Pájara
no corrió con la misma suerte y cayó inconsciente.
Había rumores de que los vientos demorarían unos días en
normalizarse, por lo que deberían pasar algunas noches en ese desconocido
lugar. Volaron juntos buscando donde pasar los días siguientes. Ya entrada la
noche llegaron a un pueblo, Taganga (decía el letrero a la entrada, algo
empolvado y roído). Recordaron haber oído comentarios sobre ese lugar alguna
vez, decían que era un paraíso en la tierra, y como no tenían una mejor opción,
algo escépticos y resignados, entraron.
Todo estaba oscuro. Había humanos por todas
partes que ofrecían cosas a cambio de plumas; eran bruscos al expresarse y los pájaros se sentían intimidados por su comportamiento; tenían miedo. Vieron a lo lejos una luz y fueron
hacia ella. Era una casa grande. Tocaron la puerta y abrió un humano. Para el asombro de los pájaros, éste los
recibió atentamente, les ofreció camas y algo de comer, pero debían
dejarle algunas plumas como recompensa.
Al día siguiente, descansados y más tranquilos, salieron a conocer el pueblo. Volaron por las
pequeñas calles no pavimentadas y cubiertas de arena, pero rodeadas de majestuosos árboles cargados de memoria que contrastaban fascinantemente con la belleza del mar caribe; recorrieron las playas del Parque Tairona, paradisíacas, como decían los rumores, donde bailaron al son de su música. Rápidamente no sólo fueron olvidando la incómoda experiencia vivida durante las primeras horas en aquel pueblo, sino que además Taganga fue conquistando su corazón, donde se quedaría impregnada por
siempre.
Durante los días de vuelo con sus nuevos amigos, La Pájara entendió que cada momento, si es bien vivido, se puede convertir en un
recuerdo lleno de historia; que la magia se encuentra en las cosas simples, que
por estar siempre a nuestro alcance, paradójicamente, dejamos de ver; que la
felicidad es una actitud y no un objeto; y pensó en lo
importante que sería rescatar la capacidad innata de cada ser humano para
disfrutar cada instante que pasa, porque sólo así se puede realmente vivir.
Fue así como esta experiencia inolvidable la llevó a renunciar a
su rutinario vuelo, a cambiarlo por
otros cielos, con otros pájaros; a atreverse a correr riesgos y a
cuestionar los paradigmas, emprendiendo una aventura hacia la felicidad a
través de un movimiento cultural llamado La Pájara Zumbambica.
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*Este texto está inspirado en un paseo realizado a Taganga, un corregimiento cerca a Santa Marta, Colombia. La Pájara recomienda visitar sin falta Playa Cristal.

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