La importancia de una vida con sentido y los límites de la libertad. (Notas de libro: El hombre en busca de sentido, Víktor E. Frankl)

Si las lágrimas no acompañan por momentos la lectura 
de este libro[1], es necesario volverlo a leer.

Si perdemos la capacidad de alegrarnos es nuestra responsabilidad volverla a aprender, porque si vivimos en un estado de melancolía perdemos la orientación vital y la persona que somos se desvanece, hasta entrar en agonía. Así les sucedió a muchos prisioneros judíos en los campos de concentración nazis: abandonaban cualquier esfuerzo por vivir, muchos por ausencia de fuerzas físicas, pero otros porque no le encontraban sentido a sus vidas, ni fueron capaces de darle un sentido al sufrimiento que les generaba su cruel e inminente realidad.

El Hombre en busca de sentido es un relato de vivencias personales, dentro de un campo de concentración Nazi, contado por un superviviente, como él mismo se denomina: Víktor Frankl.

Víktor E. Frankl fue un médico psiquiatra Vienés que sufrió la aparentemente insoportable realidad del internamiento en los campos de concentración nazis durante tres años; pero más que eso, fue un hombre capaz de encontrarle un sentido a la vida a pesar de las inhumanas condiciones existenciales que sufrió, y fue este sentido el que le permitió vivir cada día dentro de esa penosa y absurda realidad.

Quisimos escribir sobre este libro porque lo consideramos una herramienta útil para el proceso de construcción personal; y para hacerle homenaje a los seres humanos que sobrevivieron, por decisión propia, al internamiento en los campos, a pesar de no creer que existiera en la Tierra una alegría que compensase los sufrimientos soportados en aquella lastimera existencia[2]; a los que decidieron conservar su dignidad a pesar de las humillaciones diarias; a los que le encontraron un sentido al sufrimiento para vivir o morir dignamente; a los que entraron en las cámaras de gas con paso firme; a los que un día, viajando en un tren de Auschwitz a un campo en Baviera, se asomaron por los ventanucos de los vagones dejándose embrujar por la belleza de la naturaleza sobresaliente de las montañas de Salzburgo, sin ninguna esperanza de vida y libertad, pero con una honda vida interior que les permitía apreciar la belleza del arte y de la naturaleza[3]; y a todos los seres humanos con un sentido de vida. 

Según V. Frankl, el sentido de vida se encuentra en lo más profundo del ser y no todas las personas se atreven a descubrirlo. Para él, dentro del campo de concentración, el amor que sentía hacia su esposa representaba un motivo para permanecer vivo, y sin saber si ella vivía o no, su amor por ella se mantuvo vivo siempre, y recurría a su imagen con frecuencia para soportar el sufrimiento diario.[4]

Durante los años que vivió dentro del campo, se dedicó, además de cumplir la meta diaria de vivir un día más, a alimentar su vida interior, pues sabía que ésta sería su mejor escudo frente al vacío y la desolación espiritual que sufría día tras día. A veces cerraba los ojos y se transportaba hacia su vida pasada, refugiándose en sus recuerdos más simples, en los eventos que en una situación de vida normal ignoramos por considerar insignificantes, y descubría en ellos el valor de su vida; en esos pequeños detalles encontraba la paz que si abría los ojos no iba a encontrar cerca. Pero sabía que si se quedaba en su pasado, la vida presente iba a perder sentido. Era absolutamente necesario vivir el sufrimiento que obligaba su realidad para poder seguir viviendo.

V. Frankl asegura que la libertad interior jamás se pierde y que la actitud personal frente al destino es una decisión que uno mismo toma. Él, en sus decisiones diarias, encontraba el sentido de su existencia. Cualquier oportunidad de tomar una decisión dentro del campo era una oportunidad de decidir quién ser: un hombre capaz de conservar la dignidad de seguir sintiendo como un ser humano, o un esclavo de las condiciones del campo que renunciaba a su libertad interior y a su dignidad. El ser humano no está determinado por su entorno, y la privación de libertad física no anula su libertad de elegir su propio camino.[5] El ser humano se determina a sí mismo en la medida en que se responsabiliza de su existencia.

Para Frankl la pregunta diaria no era si sobreviviría o no, sino si tanto sufrimiento y tantas muertes tendrían algún sentido, porque si no lo tenían entonces sobrevivir no sería necesario. El destino último de una vida no puede ser salvarse, sumergirse en una amarga lucha por la supervivencia oscurece la dignidad humana. Aceptar un destino que no está a nuestro alcance cambiar y conservar el valor de vivir cargando un sufrimiento ineludible es lo que permite llenar de sentido la existencia.

No sólo en el campo de concentración, sino también en la vida diaria, pasa que el ser humano cree que está sobreviviendo y se limita a responder a las necesidades diarias sin ningún tipo de enriquecimiento interior, sin un porqué para vivir, sin ningún propósito o, peor aún, sin esperar nada de la vida, sumergido en una melancolía absurda.

Encontrarle un sentido a la vida es resultado de un proceso espiritual que requiere una actitud de generosidad, para entender que no es uno mismo quien debe esperar algo de la vida, sino que es la vida la que espera algo de nosotros, y por eso debemos vivirla con plena responsabilidad, aceptando el sufrimiento cuando es inevitable, y reconociéndonos como seres humanos frente al dolor. El sentido de la vida no es uno específico, cambia continuamente, y puede descubrirse a través de una acción, del amor o del sufrimiento inevitable.

No hay sentido de vida minimizando un dolor, ignorando las torturas vividas ni alimentando un optimismo artificial. Hay situaciones en las que es necesario llorar[6], y es en ese enfrentamiento con el dolor cuando uno encuentra las oportunidades de enriquecimiento interior. El sentido de vida es único para cada ser humano, es una construcción que cada uno hace a partir de sus ideales y valores de vida, y que se convierte no sólo en un porqué para vivir, sino también en un porqué para morir.

No hay sentido tampoco en un equilibrio interno. Es necesaria una tensión interior para que nazca la búsqueda de un sentido de vida, porque es esa tensión la que nos lleva de donde estamos hoy a donde queremos estar, es lo que nos permite luchar por una misión en la vida. La falta de sentido se evidencia cuando una persona ignora lo que le gusta hacer y se limita a hacer lo que otras personas hacen o lo que otras personas quieren que haga. Esto produce un vacío interior que aumenta con los intentos fallidos de llenarlo, claramente con lo que no corresponde (dinero, poder, placer, etc.), arrastrando al ser humano hacia una frustración existencial.

Es responsabilidad de cada uno responderle a la vida y enfrentarla como vaya llegando. Es responsabilidad de cada uno decidir vivir o limitarse a existir. Es responsabilidad de cada uno actuar, imaginar y encontrar un propósito para su propia existencia. Cada ser humano es el único responsable de encontrarle un sentido a su vida.

La Pájara Zumbambica




[1] FRANKL, V. El Hombre en busca de sentido. Ed. Herder, Barcelona, 1979.
[2] Fragmento del libro
[3] Parafraseo de un fragmento del libro
[4] “El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre…la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor…Un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad –aunque sólo sea un suspiro de felicidad- si contempla el rostro de su ser querido. Aun cuando el hombre se encuentre en una situación de desolación absoluta, sin la posibilidad de expresarse por medio de una acción positiva, con el único horizonte vital de soportar correctamente –con dignidad- el sufrimiento omnipresente, aun en esa situación ese hombre puede realizarse en la amorosa contemplación de la imagen de su persona amada… el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo.”
[5] “…es precisamente esta libertad interior que nadie nos puede arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido”.
[6] “No se avergonzaba de sus lágrimas porque ellas testimoniaban su valentía, su valor de encararse con el sufrir.”

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