Testimonio #3


Ana María Llano

Sofróloga


Ana es una mujer cuyo propósito en la vida es “caminar para encontrarse a sí misma”. Además de esto, y de encantar con la dulzura de su voz, Ana vive comprometida con su crecimiento y se dedica a acompañar a las personas que están en ese mismo proceso, bajo el lema de “vivir hasta los tuétanos lo que predica”.


Trabaja feliz, comprometida y consciente de que el desarrollo personal es eterno; considera que todo proceso de transformación es algo “muy bonito porque con cada experiencia que vivimos, vamos formando un trayecto que al final del camino es el que va a permitir la evolución del alma”. Muchas veces no sabemos por qué hacemos unas elecciones y no otras, dice Ana; “los procesos se van dando así, y eso es parte del trabajo del alma”.

Ella se apropia de cada palabra que dice porque utiliza como herramienta de trabajo su experiencia, la cual compartió con nosotras igual a como lo ha hecho durante los últimos años con quienes lo han necesitado. Fue entonces, hace veinte años, cuando sin planearlo empezó a compartir los aprendizajes que había adquirido durante seis años que vivió en Europa, y en los cuales, según la percepción de la gente, y ella lo entendió más adelante, había sufrido grandes cambios. 

Ana empezó a trabajar la sofrología a nivel personal, como una herramienta que le ayudaría a ella en su propio proceso de crecimiento, y no se imaginó que a eso le dedicaría su vida. Como resultado de su proceso de construcción personal, entendió que las reacciones de los seres humanos frente al mundo son resultado de la percepción que tiene cada uno sobre sí mismo, y no consecuencia de eventos externos a él.

Cuando era niña, Ana era llamada por su mamá “la doctora corazón” porque le encantaba dar consejos. Sin embargo no fue hasta unos años más tarde que descubrió que podía dedicarse a acompañar a otras personas a caminar por la vida. En un principio Ana quería trabajar con niños y estudió una licenciatura en Educación, pero se dio cuenta de que para poder trabajar con niños tenía que trabajar también con las principales figuras de apego, y empezó a desarrollar una escuela de padres.


Durante este proceso de toma de decisiones sobre su vida profesional, emprendió un viaje a Europa junto a su esposo. En ese entonces, además de no saber cómo aplicaría sus conocimientos, Ana se encontraba en una época que ella misma cataloga como la peor de su vida, porque “los períodos más duros de la vida son cuando buscamos afuera una paz que no encontramos dentro de nosotros mismos”, y ella, a pesar de tener todo lo que una persona puede necesitar para llevar una buena vida, se sentía vacía por dentro.

Fue entonces, durante este viaje y en medio de su crisis, cuando descubrió la sofrología y decidió aplicarla para su propio desarrollo personal, dando inicio a su proceso de crecimiento desde el autoconocimiento. Ese vacío que sentía fue fundamental porque le permitió entender que “lo externo no nos llena el alma; podemos tenerlo todo pero si nos falta el amor por nosotros mismos no somos capaces de disfrutar lo que tenemos”. Seis años después, cuando regresó a Colombia, se dio cuenta de su transformación partiendo de los comentarios que las personas hacían sobre ella, porque éstos le permitieron entender que aunque la transformación esté o no acompañada de cambios físicos evidentes, es percibida por los demás si es auténtica, es decir, si se trata del resultado de una verdadera ampliación de la conciencia.

Su trabajo actualmente parte de la filosofía de que “los seres humanos, así tengamos una enfermedad, una pérdida, problemas en la relación de pareja…todo es lo mismo: miedos; falta de confianza en nosotros, falta de amor por nosotros mismos, falta de aceptación… Y todo se resuelve igual: con amor…”. Ana aclara que para trabajar no se basa en los problemas que manifiesta una persona cuando acude a ella, sino en qué nivel de conciencia se encuentra, y este nivel ella lo determina preguntándose: “¿cuánto se conoce esta persona a sí misma? ¿Cuánto se aprecia? ¿En qué nivel de juicio sobre sí mismo se encuentra?", y cuanto más alto sea su nivel de conciencia, según ella, mayor bienestar experimentará: “Entre más nos juzguemos, más nos critiquemos, más nos ataquemos, más lejos estamos de la felicidad, así lo tengamos todo y así hayamos alcanzado cualquier tipo de sueños”.

Sobre la felicidad, Ana cree que ésta no puede definirse como ausencia de algo (de incomodidad, de dificultad, de dolor, de asuntos por resolver, etc.); al contrario, es “entender que yo me puedo levantar con dolor en todo el cuerpo, pero no estoy enferma, o con un malestar mental, pero con una paz profunda”.

La principal dificultad que Ana ha identificado en las personas que empiezan un proceso de crecimiento personal es la necesidad de tener la razón: “la gente prefiere tener la razón que ser feliz”. Otra gran dificultad es la falta de amor por sí mismo: “nadie es tan duro consigo mismo que nosotros; si no nos tratamos con cariño por qué esperamos  que otros nos traten bien”. Por ello recomienda que frente a cada error que cometamos nos tratemos como  esperamos que otros nos trataran y no “pellizcarnos” permanentemente por el acto cometido. “El día en que podamos ver el defecto con compasión (…), viene realmente un estado de felicidad; si tú no te tratas con cariño, aunque tengas todo lo externo, no lo ves.(..) Los estados de realización están íntimamente ligados a la relación que tú tienes contigo mismo”.

Le preguntamos a Ana, para ella qué es inteligencia emocional. Respondió que no se trata de "tragarse" la rabia, “es hacernos dueños de las emociones; (…) es que cuando yo tenga una emoción desagradable o una emoción grata yo las canalice desde una elección mental y no que ellas hagan que haga algo que no quiero hacer”. Y esa inteligencia se desarrolla mediante el conocimiento de nosotros mismos y de la conciencia sobre las emociones.

Ana termina su bonito discurso con unas palabras que queremos compartirles literalmente: “Nosotros estamos en un proceso de evolución constante que tiene un propósito: que cada uno de nosotros se encuentre a sí mismo en su interior. Y en ese trabajo es que podemos encontrar ese verdadero estado de ser feliz; porque la felicidad no es algo que se siente, es un estado del ser, un estado natural. No hay que hacer nada para ser feliz, pero sí hay que conectarse con la propia esencia”.


La Pájara Zumbambica  


* La Sofrología es una disciplina que ayuda al ser humano en el desarrollo de su conciencia con el objetivo de promover su bienestar.

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