Según mi experiencia, existe una analogía
entre explorar el mundo y explorarse a uno mismo. Si nos llevan a otro planeta
por unos días, a conocerlo, me gustaría pensar que lo más normal es que nos
dediquemos a explorarlo, no creo que así sea pero supondré que sí. Caminarlo,
recorrerlo, probar sabores desconocidos, dejarnos sorprender por cada cosa
nueva que conozcamos sería, para mí, lo ideal. ¿Por qué no lo hacemos aquí? ¿Por
qué no lo hacemos con nosotros mismos? ¿Por qué nos habituamos a un mundo que ni
siquiera conocemos? ¿Por miedo?
Hasta hace poco tiempo el miedo me
acompañó a casi todas partes, si él no estaba presente yo lo creaba, estaba tan
acostumbrada a su compañía que no sabía cómo responder sin su presencia y me
aferraba a él como si fuera mi bastón para caminar. En ocasiones lo vencí pero
él siempre estaba detrás de cada paso que daba, cuidándome. ¿De qué?
Construimos el miedo como un mecanismo de
defensa cuando no tenemos más herramientas para enfrentar lo desconocido. A
nivel inconsciente y en general, mi mayor temor ha sido ser yo misma. Sin
entrar en detalles ese miedo apareció, como en cualquier otro ser humano, en un
momento de mi vida en el que no supe cómo enfrentar determinada situación. Como
el inconsciente tiene su propia lógica, y mi lenguaje no fue suficiente para
interpretar la causa, puse ese miedo fuera de mí, y la consecuencia de esto fue
la creación mentirosa de miedos que ante los ojos de un tercero pueden parecer absurdos
pero que por más absurdos que parezcan pueden llegar a paralizar, social y/o
físicamente, a una persona.
¿Cómo se vence entonces un miedo si no se
sabe realmente qué lo produce? Hay ejercicios que son muy utilizados para
vencer los miedos. Desde mi opinión, si una persona que le tiene miedo a las
arañas, por ejemplo, decide tener una araña como mascota para enfrentar su
miedo, el único beneficio puede ser que destruya el imaginario que había
construido sobre las arañas y descubra que éstas no son la verdadera causa de
su miedo sino una representación de algo en su interior que no tiene
significado aún, pero el sentimiento de temor seguirá dentro de sí hasta que no
se construya un significado sano sobre el vacío que hay en su proceso de
desarrollo psicológico.
Los verdaderos miedos, los originales, se
instalan en nosotros posiblemente en una época en la que no estamos preparados
para significar un evento o, peor aún, en una etapa del desarrollo en la que el
lenguaje no es suficiente para nombrar dicho evento. Privamos a nuestra
conciencia de lo que está pasando pero no la privamos del sentimiento que nos
causa, y debemos hacer algo con éste para “liberarnos”; lo más fácil es
ubicarlo fuera de nosotros, y es entonces cuando desarrollamos fobias u otros
temores, más adaptativos pero no por eso menos graves.
He sido privilegiada porque además he
tenido un compañero de vida que ha sido más fuerte y me ha permitido comprender
que el miedo, ése que no es necesario para la supervivencia, es una creación de
mi mente para proteger a la niña que alguna vez fui, de situaciones que no supe
cómo interpretar cuando las viví; ese compañero ha sido un deseo intenso de
libertad, que se ha manifestado en mí de diferentes formas: ganas de viajar, de
vivir en otras ciudades, de aprender otros idiomas, de ser astrónoma, de explorar
el fondo del mar, y otras que ahora no recuerdo. Los primeros tres deseos los
he realizado, unos con más dificultad que otros. Astrónoma no soy porque me
parece muy difícil, pero algún día el niño Jesús me traerá un telescopio. Y el
último me ha producido un temor tan inmenso como el mismo mar.
Pero, hace una semana, gracias, una vez
más, a mi intenso deseo de libertad, tuve el indescriptible placer de conocer
el fondo del mar, y en esa inmensidad entendí dos cosas: 1. que el mundo marino
no tenía la culpa del miedo que todavía aparece a veces para impedirme ser yo
misma, y 2. que si de sobrevivir se trata entonces nunca vamos a ser felices,
porque para ser felices tenemos que vivir y para vivir tenemos que dejar a
nuestro auténtico ser en libertad.
Mi mensaje es éste: la vida pasa una sola
vez, cada día que pasa nunca vuelve y cada día que llega nos acerca más al
último. Nunca vamos a ser más jóvenes de lo que somos hoy, y nunca es tarde
para decidir sernos fieles a nosotros mismos. El mundo interior es tan inmenso
como el que tenemos afuera, qué privilegio tendremos si nos permitimos vivir
ambos hasta donde la realidad nos lo permita, y no hasta donde empiezan las
excusas que nosotros mismos inventamos para protegernos, paradójicamente, de la
vida misma.
Alicia
0 comentarios:
Publicar un comentario