Vive conmigo un recuerdo vago de mi
infancia. Se manifiesta en cada decisión que tomo; tal vez porque fue ése el
momento en el que sin querer, o queriendo sin saberlo, fui construyendo un
camino paralelo al que debí haber seguido para no estar hoy, un martes a las
tres de la tarde, escribiendo sobre un recuerdo vago de mi infancia que me
acompaña siempre.
Inventaré el contexto porque no lo
recuerdo bien, pero no tiene mayor importancia. Yo tenía unos cinco, seis o
siete años. Mi papá me acababa de recoger del colegio, eran alrededor de las doce
del día e íbamos en el carro, yo sentada atrás, hacia la casa de mis abuelos.
Mi papá es conversador a veces; otras veces, supongo, sus pensamientos son más
urgentes que el desarrollo de la realidad externa a su mente, y ese día lo
eran, igual que los míos. Yo, como mi papá, a veces converso y otras veces no
tanto, pero en esos momentos, en los que parezco callada, realmente estoy
conversando, conmigo, en silencio, de muchas cosas que para mí son más
importantes que la realidad que se desarrolla fuera de mi mente.
Mi conversación era más o menos ésta:
Alicia1: qué pereza
Alicia2: yo sé
Alicia1: tengo que ir al
colegio todos los días
Alicia2: no sólo yo, todos los
niños
Alicia1: todos los días por el
resto de mi vida!
Alicia2: no, sólo hasta que sea grande
Alicia1: cuándo se acabe el colegio qué va a pasar?
Alicia2: no sé, seguir haciendo lo mismo que todo el
mundo
Alicia1: qué?
Alicia2: voy a la universidad, consigo un trabajo, me
caso, tengo hijos y ya
Alicia1: para qué todos haciendo lo mismo?
Alicia2: no sé
Alicia1: hasta cuándo?
Alicia2: hasta la muerte
Alicia1: la vida no tiene sentido
Alicia2: yo sé, aburrición para siempre
Hoy creo que al final pasó esto:
Alicia1: yo no voy a hacer lo mismo
Alicia2: hagamos algo distinto
Digo creo porque aunque hace parte de mi
recuerdo sé que puede haber algo de fantasía en él, pues año tras año ha
pasado de una Alicia a otra como un teléfono roto, cambiando como yo, e impregnándose
de mis aprendizajes y mi experiencia diaria. Y aunque sí fue más o menos ésa la
conversación que tuve conmigo, lo importante del recuerdo no son sus
detalles sino la sensación que me deja: una decepción; como si algo dentro de mí me dijera: “y entonces? Después de venir hasta aquí vamos a ser todos iguales? Y
vamos a hacer todos lo mismo?”, y algo en alguna parte algo me respondiera: “sí,
vamos a ser y a hacer todos lo mismo”.
Entonces, como lo que me queda es una
sensación de decepción, y como el recuerdo de esa sensación ha estado
presente siempre, creo que es bastante probable que me haya inventado el final
de la conversación como una manera de aliviarme. Como si parte de mi
experiencia adquirida con los aprendizajes de cada día fuera darme cuenta de
que hay una tranquila solución a mi angustia infantil: yo puedo hacer algo distinto, algo que
me permita sentir que mi paso por el mundo valdrá la pena y que no haré parte
del elenco que se aprende de memoria el guión de la novela y olvida su
verdadera esencia.
Si hoy en día aparece frente a mí una
niña de cinco, seis o siete años, me cuenta que acaba de tener una
conversación con ella misma y resulta que era una conversación parecida a la
mía, yo dudaría entre sentirme tranquila por ella o preocuparme, porque aunque
hoy creo que ha sido una buena decisión haber tomado ese camino que empecé a
construir desde tan pequeña, no puedo decir que la certeza me ha hecho la misma
compañía que mi recuerdo. Sin embargo, le diría que tome el
camino que ella misma sea capaz de construir, para que viva la vida de ella, porque es la única forma de encontrarle un sentido a vivir.
Hoy sé que las dudas van a estar conmigo
siempre, y eso está bien porque parte de mi proceso ha sido tratar de aprender
a aceptar la incertidumbre, con la que a propósito creo que estamos obligados a
vivir. También creo que esta certeza, de las poquitas que tengo, es la que me
ha hecho mantener ese recuerdo vivo: para que esa Alicia que fui a los cinco,
seis o siete años, me recuerde ahora, o cuando las dudas pesen más que las
certezas, que no había para mí otro camino posible porque ningún otro me habría
permitido ser la persona que yo misma quería ser; sólo ese camino que yo misma
construyera iba a permitirme ser fiel a mi esencia y vivir mi vida, la única que para mí tiene un sentido.
Alicia

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