Daniel Lema es un soñador de la vida, un
enamorado del amor, y con su auténtico romanticismo nos comparte su experiencia
de vida relatada a través del lenguaje de la felicidad, cuyo sentido está,
según él, en la capacidad de dejarse sorprender por las cosas simples de la
vida. Es papá de un niño feliz llamado Samuel, con quien comparte su secreto
del éxito y la tranquilidad como ser humano: ser persona, identificar los
sentimientos propios y decidir quién ser y cómo tratar a la gente.
Daniel es un músico apasionado; nació en Medellín, ha sido creativo
e inquieto desde niño, y considera que desde siempre, y a pesar de algunas
experiencias difíciles, ha sido feliz porque ha sabido reinventarse cuando lo
ha necesitado, asumir con resiliencia los cambios bruscos de su vida y luchar
todo el tiempo para cumplir sus metas. No se da por vencido ante una dificultad
y es absolutamente sensible y llorón, y considera que esto lo convierte en un
ser humano afortunado porque darse permiso de llorar en los momentos que son,
hace más fácil enfrentar las circunstancias de la vida con una actitud más sana.
Estudió comunicación audiovisual porque la
música es su compañera de viaje y no quería convertirla en una tarea: “cuando
hacés algo por obligación le perdés el gusto y el amor”.
Acepta la soledad si la vida la hace
necesaria pero tiene claro que para lo único que le gusta es para llorar,
porque “llorar es algo tan íntimo como escribir una canción, es un momento de
uno con uno y hay que hacerlo solo”. Ama la compañía y le encanta tener
cerquita a las personas que quiere para compartir las historias de cada día. En
una ocasión vivió en Buenos Aires - Argentina y otra vez, en Bogotá. Allí vivió
una situación en la que tenía que tomar una difícil decisión: vivir con la
seguridad económica que le ofrecía la vida en Bogotá, o atreverse a vivir un
sueño sin ninguna certeza. Su decisión fue renunciar a la rutina que le apagaba
un poquito el corazón y regresar a Medellín para vivir de cantar y ser feliz.
Es un ser humano con un nivel de autoconciencia
alto, es humilde y reconoce la importancia de observar sus emociones y no
permitir que éstas lo lleven a comportarse de una forma que él desde su esencia
no lo haría, y de pedir ayuda sin miedo cuando la necesita. Hacer música es,
además de su pasión, y como toda expresión artística, una forma de liberar sus
pensamientos que nunca paran, y expresar lo que siente en su interior que a
veces es demasiado fuerte y busca salida.
Daniel define al Mundo como “...un loco vagabundo que está buscando algo que no ha podido encontrar”, y considera que esta definición puede aplicarse a cada ser humano sin importar su edad:
“estamos todos en una búsqueda de algo y cada vez nos acercamos más a
encontrarlo pero creo que no nos va a tocar”. Esta búsqueda tiene que ver con
la espiritualidad. Afirma que cada vez tenemos acceso a más información para
mejorar nuestras condiciones de bienestar. Yoga, meditación y alimentación
saludable son ejemplos; y que finalmente esta búsqueda termina en cada uno de
nosotros porque lo que buscamos está en nuestro interior: “la felicidad y la
tranquilidad están dentro de uno mismo”.
A Daniel le quita la felicidad la
injusticia, la mentira y el hambre, pero cada día se recuerda a sí mismo quién
ha decidido ser y se viste de felicidad porque es un compromiso que tiene con
él mismo y con la comunidad.
Las siguientes palabras son un regalo de Daniel
Lema para el mundo, para que vivamos mejor:
“Yo
les diría que sonrían a todo el que vean, que se abracen más, que escriban… que
escriban para recordar…es un buen ejercicio, que escriban para liberarse, que escriban
cartas en un papel que eso ya no pasa, y creo que en cincuenta años menos va a
pasar… hay mucho que cambiar y hay que tener claro que el cambio empieza por
uno, es una conciencia que cada uno debe crear porque no sabemos vivir en
comunidad y somos absolutamente inconscientes con eso, no miramos a los ojos al
vecino que nos encontramos en el ascensor, a veces ni lo saludamos por el nivel
de inconciencia en el que vivimos. Entramos a la casa, donde vivimos con
nuestra familia, y no vimos si había gente o no, o gritamos de lejos “quiubo q
más” y ni siquiera miramos a los ojos a la mamá, ni un abrazo, no saludamos al
abuelo si está, seguimos derecho y nos encerramos en el cuarto hasta el otro
día. Entonces mi consejo es abrazar un poquito más y sentirnos físicamente más,
hacer contacto visual con la gente, ese tipo de cosas hacen mucha falta”.
La Pájara Zumbambica

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